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Full text of "Julio Casal Munoz 1955 Meditaciones Y Recuerdos"

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JULIO CASAL MUÑOZ 


MEDITACIONES 
Y RECUERDOS 



El poeta Julio J. Casal 


MONTEVIDEO 

19 5 5 





4 


OBRAS DEL AUTOR 


Libros publicados . 


LA EXPRESION INMOVIL, prosa poética y filosófica. Premiado 
por el Ministerio de Instrucción Pública, Concurso Remuneracio¬ 
nes Liter. 1946. 

FILOSOFIA GRIEGA. Estudio para la docencia. Primera parte de 
“¡Síntesis de la Filosofía Universal”. 

FILOSOFIA CRISTIANA. Trabajo docente. 2 & parte de “Síntesis 
de la Filosofía Universal”. 

MEMORIA VIVA. Poesías y ensayos psicológicos. 

SER Y MUERTE. Ensayo de Filosofía Integral. Premiado por el 
/Ministerio de Instrucción Pública. Concurso de Remuneraciones 
Literar. 1950. 

POETICA DE LO ABSOLUTO. Ensayos de Poética y metafísica. 
En preparación . 

FILOSOFIA MODERNA. 3^ parte de Síntesis de la Filosofía Uni¬ 
versal . 

FILOSOFIA ACTUAL.. 4* parte de Síntesis dé la Filosofía Uni¬ 
versal . 

MARJAL. Novela social y filosófica. 

Folletosensayos y conferencias. 

FUNDAMENTOS FILOSOFICOS DE LA DEMOCRACIA. Con¬ 
ferencia. Folleto. 

TRASCENDENCIA DEL PENSAMIENTO DE VAZ FERREIRA. 
Conferencia. Folleto. 

CRISIS DEL ESPIRITU. Conferencia. Folleto. 

MEDITACIONES Y RECUERDOS, sobre el poeta Julio J. Casal. 

UNIDAD TRASCENDENTE EN EL ARTE. Ensayo. 

EL ARGUMENTO ONTOLOGICO, San Anselmo y Descartes. Ensayo. 

EL HOMBRE INTEGRAL. Ensayo. 

EL PROBLEMA DE LA (MUERTE. Ensayo. 

ACTUALIDAD DE ’SCHILLER. Ensayo. 

GOETHE Y NIETZSCHE. Ensayo literario filosófico. . 



5 


MEDITACIONES Y RECUERDOS 


i 

Estas meditaciones y recuerdos se refieren a una voz 
ineludible que me llama a conversar conmigo mismo, con 
motivo de la muerte de mi padre el poeta Julio J. Casal. 
Y me traen al espíritu su voz querida reviviendo destellos 
de un alma superior; como si un oculto llamamiento me 
inclinase a meditar sobre la vida y la muerte desde un pun¬ 
to de vista completamente distinto al habitual, porque su 
presencia es un ejemplo vivo de cómo una profunda perso¬ 
nalidad puede seguir enseñando, más allá del puente de la 
muerte, el valor de los actos de abnegación, de sencillez y 
de dignidad, que constituyeron móviles para su creación. 

Sólo quienes se hayan encontrado en presencia de una 
fuerte individualidad, saben lo que significan sus desvelos y 
sus sacrificios, sus ternuras y sus triunfos. 

La historia de la humanidad nos enseña como en todo 
tiempo han surgido hombres de excepción y como coincide 
su alta valoración con una honda humildad. 

En el oriente, los sabios y los grandes solitarios cuyas 
ideas dieron origen muchas veces al nacimiento de las más 
antiguas religiones. Los patriarcas y profetas de Israel; los 
filósofos griegos que encendieron la antorcha del pensamien¬ 
to occidental para asombrar al mundo del valor y la fuerza 
de las ideas. Los héroes de las grandes causas; los santos 



6 


y los mártires cristianos. Los hombres de ciencia que en 
cualquier parte del mundo ofrendan toda su vida para aliviar 
el dolor de sus semejantes o conocer la marcha de los astros. 

Todos ellos son una prueba evidente de que esta vida, 
a pesar de los dolores y obstáculos inevitables, de las in¬ 
justicias humanas y de la ignorancia; posee una identidad 
de suprema estirpe del espíritu, y que los esfuerzos de los 
grandes hombres nunca serán vanos. Siempre dejarán su 
simiente, aunque tuviera que dormir siglos de incompren¬ 
sión o de barbarie. . . 

Si como decía Rilke, cada hombre lleva consigo su 
muerte propia, la de mi padre vino a confirmar la senten¬ 
cia del pensador. El se sentía ir acercando a la meta final, 
de su vida con pasos silenciosos pero tenaces. Luchaba en 
su espíritu contra la inevitable cercanía que los años van 
marcando inexorablemente. 

Sin entregarse jamás. Conservaba la hidalguía de los 
días de su juventud. Nunca fue un anciano, sino que aún 
estando enfermo, tenía la prestancia de su actividad y su 
decisión. Pero sabía hondamente el significado de los sig¬ 
nos que la muerte enseña a quién sabe leer el lenguaje de 
la naturaleza y de la intuición. Y nos decía muchas veces 
de su corazón, que un día no lejano iba a detenerse. . . 

Y los exámenes médicos no indicaban nada de impor¬ 
tancia. El electrocardiograma había decidido la convenien¬ 
cia de un régimen alimenticio que cumplía con exactitud. 
Pero no había indicios de nada que pudiera interpretarse 
como grave. 

Pero el poeta sabe más que el médico en cuestiones de 
la vida y la muerte. 

Y últimamente escribía unos poemas tan grávidos de 
sapiencia y de dolor, que era imposible no seguirle en su 
alto vuelo de horizontes metafísicos y de auroras insospe¬ 
chadas. Como en este poema de su “Recuerdo de Cielo”: 



7 


“Dulzura dé esta muerte 
que no me alcanza nunca, 
y es río familiar 
que corre por mis sienes. 

Yo la estaba esperando 
desde otra soledad, 
y ella estaba escondida”. 

Muerte, 

mi otoño señalaba 

tu impaciencia en las ramas desnudas. 

Te veía venir 
por trasmundos velados 
y sentía en mi pecho 
asomar tu presencia”. 

Y no eras tú. 

Sospechada en espejos 
me miraba tu rostro, 
rostro que no era el tuyo. 

No hemos amado lo bastante, acaso”. (1) 

Esperaba a la muerte, sabiendo que sólo el amor pue¬ 
de detenerla. Y amaba intensamente. Pero un día vino, 
"su muerte”, de sorpresa. Y partió en dos el alma de mi 
madre, dejando una herida profunda en cada uno de sus 
hijos. Pero más allá del dolor 'inenarrable por su pérdida 
física, y de la angustia de su ausencia familiar, se me re¬ 
presenta su figura viva, plena de heroísmo, de amor y de 
poesía. 

No es posible representármelo de otro modo. Su her¬ 
mosa cabeza radiante de luz, su frente ancha, cuya curva 
suavemente descendía, sólo cortada por el surco central que 


(1) Dulzura de esta muerte. 



8 


como un águila buscaba albergue en las alturas de su roca 
viva. Su mirada inquieta, viajera, de una agudeza en la 
observación y el conocimiento humano que no conozco otro 
hombre con tal resplandor interior que. acariciara al mirar, 
dulcificara actitudes, y cuya bondad sin límites era norma 
habitual aún en los momentos más difíciles de su vida. Siem¬ 
pre encontraba justificativos para comprender el error y la 
injusticia ajenos. 

Pero al mismo tiempo, especialmente para consigo mis¬ 
mo y sus hijos que consideraba parte suya, era severo y 
austero, exigiendo el máximo y hasta lo imposible. 

Esa enseñanza que en un principio produce rebeldía, 
luego se va entendiendo con el correr del tiempo, hasta lle¬ 
gar a agradecerse profundamente. ¡Qué mejor que ser juez 
firme para con nuestras debilidades y juez misericordioso 
para con los demás! 

Cuando elogiaba lo hacía como estímulo para la superación 
y la fe en el futuro, pero muy delicadamente corregía y en¬ 
caminaba por los caminos del bien, sin ostentaciones, y sin 
que jamás se pusiera en evidencia su honda sabiduría. 
¡Cuánto recuerdo! 

Su hogar se fue convirtiendo en una cátedra de alta 
moralidad, en donde mi madre contribuía con el amor cris¬ 
tiano y la enseñanza de la virtud, y mi padre nos ponía en 
contacto con los grandes espíritus liberales, enseñándonos a 
ser tolerantes, generosos y amplios. 

Un clima literario fue el que predominó durante mu¬ 
chos años. Un libro de Cervantes o de Goethe, De Home¬ 
ro o de Platón caían en nuestras manos y nuestro espíritu 
en formación, ávido por la lectura, alternaba los juegos in¬ 
fantiles o los cuentos pueriles con el drama vivo del^ hom¬ 
bre, casi sin entenderlo muchas veces, pero nos dejaban un 
sedimento y una atracción irresistible aquellos ejemplares 
voluminosos de su biblioteca, especialmente por las ilustra- 



9 


dones, ya impresionantes y fuertes como las de Gustavo Do¬ 
ré en el Infierno del Dante o el Quijote, como las serenas 
de los pintores holandeses en los libros de Hendrick Van 
Loon, o las historias del Arte. 

A la hora de la comida, nos reuníamos alegres, senta¬ 
dos alrededor de la mesa del viejo comedor. Nunca faltaba 
el debate libre sobre el último libro de poemas de vanguar¬ 
dia, o la nota seria de una lectura. Casi como un rito era 
aquella hora en que el Sol cae vertical sobre la tierra de los 
hombres. 

“Por el aire vienen 
sus voces y mi canto . 

A veces, huyen 

del mediodía de mi frente” (1) 

Sus poemas los aprendíamos desde niños, como ahora 
los dicen sus nietos, con la misma ternura y devoción: 

Madre, vámonos al río 
se está bañando un lucero 
entre la mano del agua 
¡ cómo salta de contento! 

Trompo bailarín dorado 

a un niño se le cayó 

desde los patios del cielo. (2) 

Y el trompo bailaba en nuestra mano y nos figurábamos 
poseer el lucero real. Y corríamos por el campo, y apreñ- 
dimos a amar a los humildes, a los árboles y a los peque¬ 
ños animales que nos salían al paso . El amor por la natu¬ 
raleza era en el poeta de “Arbol” una fuerza superior 
mágica e irresistible: “A un mismo tiempo, hijo, nacistes 
tú y el árbol”. 

(1) Cuantas calles, Cuaderno de Otoño. 

(2) Lucero, Colina de la Música. 



— 10 


Y cuando nacía un nuevo hermano, su mano generosa 
plantaba un nuevo árbol, y sabíamos que una identidad esen¬ 
cial corría por su savia y nuestras venas. Y cuando nos 
trepábamos por las altas ramas, sentíamos mecernos en su 
columpio. 

Arbol, yo ya sabía que eras hermano mío. 

Hacia los cielos vamos en claro florecer. . . 

Y tus ramas audaces, hallaron el rocío 

en el cristal y el ámbar, luz de mi amanecer. . . 

¡Arbol, yo ya sabía que eras hermano mío! 

En tí hay, a momentos, más pájaros que hojas 

Y eres en primavera mágico surtidor. 

Y en mí, ¡qué profusión de rosas, blancas, rojas, 

Y qué acento en mi lírico manantial interior! (1) 

El recuerdo me lleva hasta Galicia. Tierra encantada 
de rías y de pinos,' ¡aquel musgo sobre un muro que mirᬠ
bamos sorprendidos! 

Mi hermana Marynés ló dice en su poema: (2) 

“Moho celeste que subía lento 
por aquellas escalas tan lejanas 
¡Cómo viniste a mí, hoy en la hoja 
hecha de un ténue azul de filigrana! 

En donde el amanecer sobre la campiña es tan nuevo 
cada día, que semeja un surtidor de exóticos colores, tantos 
matices del verde y del azul, del rojo y del naranja, que es 
difícil encontrar repetidos dos mismos tonos. 


(1) Arbol. 

(2) Moho celeste, que me dedica en su “Bosque Pequeño”. 



— 11 — 

Desde La Coruña, la hermosa ciudad en donde naci y 
mi padre ejercía la representación consular del Uruguay, 
íbamos todos los veranos a pasar las vacaciones a una aldea 
gallega, para descansar los mayores de la actividad del año 
y nosotros los pequeños a gozar intensamente la plenitud 
del campo. Así conocimos Betanzos, Santiago de Compos- 
tela, Sigrás, Oleiros, Burgo, Ribadeo, Sobrado de los Mon¬ 
jes y otros parajes maravillosos. 

Una mañana íbamos en una carreta tirada por bueyes 
mis hermanas Marynés, Pepita y yo. ¡Qué alegría tenía¬ 
mos!, encima de las espigas doradas, como un fruto de la 
tierra viva. “Los bueyes avanzaban lentamente”. . . y como 
crujían sus grandes ruedas sobre los guijarros del camino, 
tambaleándose al cruzar sobre las cunetas y los pozos. El 
campesino canturriaba una canción del folklore galaico: “Ya 
fui a Marín. . . ya crucé o mar. . . Ya comí las naranxas 
de tu naranxal. . . ” 

Como si conociera todo el mundo, por haber recorrido 
su pequeño horizonte y pasado la ría en donde quizá lo 
esperase su amada. 

Otra carreta se nos cruzó lentamente por un sendero 
transversal. Nos detuvimos, iba muy dolorosamente rechi¬ 
nando sus palos viejos y además traía sobre su lomo des¬ 
nudo un árbol grueso, entero, recién tumbado por los leña¬ 
dores . . . 

Mi padre lo contemplaba extasiado, como si sintiera en 
carne propia su agonía. : . Y surgió el poema: 

En la carreta 
iba 

tendido el árbol. 

Los bueyes avanzaban 
lentamente. El cristal 
de la aurora, vertía. 



12 — 


sus vinos claros 
sobre los caminos. 

La carreta pesada y quejumbrosa 
balanceaba el cadáver del árbol. 

A lo lejos, 

los brazos de las ramas 
alegremente se desenredaban 
de la elástica cinta de la niebla. 

El se encendería 
en el hogar amplio 
Nunca más podría 
mecer en su blando 
columpio de hojas¿ 
a la loca brisa. .. 

Ni daría más su sangre a los pájaros. (1) 

Su espíritu no podía quedar conforme con la destruc¬ 
ción del árbol. Es así como después rogó al labriego que el 
primer pino arrancado del monte le permitiera adquirirlo, 
algo # así como si pagase su libertad y consiguiera el perdón 
de la pena de muerte. Y en una fiesta sencilla y de altiva 
enseñanza fué plantado en la huerta familiar, ante el rego¬ 
cijo de todos nosotros. ¡Aldea del Burgo! 

“Hoy han traído el árbol. 

Viene del corazón del bosque. 

Cuando le vi llegar 

tumbado en la carreta, 

mi lírica emoción tuvo una lágrima. 

Se encontraba tan bien entre los suyos. . . 

Ya está de pié el amigo en nuestra huerta. 


(1) El humo viajero. Arbol. 



— 13 — 


¡Un árbol más, un árbol nuevo! Hijos, 
que él encuentre en vosotros, agua y seda. 

¡Soltad de prisa todos 
los pájaros de casa! 

Para todos hay hueco en su cabeza. 

¡Hijos, a cantar para él 
canciones tiernas. .. ! 

El forastero, 

el pobre trasplantado a viva fuerza, 

¡ qué no eche de menos 

los camaradas que en el bosque deja! (1) 

Un profundo sentido humano tiene este poema. Y asi 
podríamos continuar recogiendo entre los sueños los motivos 
de la auténtica creación del poeta. Pero quizá no sea nece¬ 
sario. Como un vértigo transcurrió aquella niñez de privi¬ 
legio . 

Los Jardines y el Relleno, la Avenida María Pita y la 
de Pardo Bazán, las arenas de la Playa de Riazor. La 
Torre de Hércules cubriendo la bahía. 

El juego de la primera infancia, con su mágica trans¬ 
parencia y nuestro padre en continua creación. Hasta que 
un día trágico, el dolor vino a segar la álegría en el hogar 
de mis mayores por primera vez. 

Mi hermana Pepita, compañera de juegos y de sueños, 
se fué definitivamente. ¡Ternura y belleza radiante! .¡Ce¬ 
menterio de la aldea de Oleiros! Y mi madre no podía vivir 
más y ya no tenía sentido la vida para mi padre. Y nos 
vinimos para América.., Era el año 1926. Poco después 
yo escribía estos versos, mi primera experiencia: 


(1) El Forastero. Arbol. 



— 14 


A Pepita 


Campos de Galicia, tierras de mi España 
Allá en una aldea yo dejé una hermana, 
el cabello rubio y la tez. rosada. 

Era un himno de luz en cada aurora, 
un coro de mil trinos 
de pájaros azules, que aletean 
sobre el jugar de un niño. 

Oleiros, tu corazón cercano al mío. 

¡Qué prolongado silencio! 

De tierra, un camino largo 
que conduce, de la mano, de mi madre 
a un humilde campanario 
entre una senda de pinos. 

¡Campiña de Galicia 
donde vuelve, el recuerdo 
de mi infancia, como un sueño 
legendario! 

Ríos y montes hermanos. 

¡Cementerio campesino! 

Un barco me trajo muy lejos de España. 
El Río es más ancho, la noche más larga. 
¡Se quedó en Oleiros, sola mi Pepita! 
¡Corriendo en los bosques, 
jugando a las hadas ! 

Las luces, despiertan 
de nuevo los lirios del campo. 


El vapor holandés “Orania” nos trajo de La Coruña 
a Montevideo. ¡Cuántos días sólo mar y cielo! 

¡Cómo se cambió la vida en América! Mi padre empe¬ 
zó a luchar económicamente. Había cambiado su cargo con¬ 
sular por. uno en la Asamblea Representativa. Institución 



— 15 — 


que fué suprimida por un golpe de estado y un cambio de 
gobierno. 

Pasó al Museo Municipal de Bellas Artes. Y tuvo que 
elegir: O la sumisión total a una situación política que des¬ 
preciaba o la lucha de frente con la adversidad que ya no 
iba abandonarle más. Fué destituido, con la frente limpia y 
las manos vacías. Comenzó un verdadero peregrinaje por 
los barrios de la Capital y alguna villa cercana. Mientras 
tanto soportaba con entereza la difícil situación. 

Nunca nos faltó lo indispensable para subsistir, ni mu¬ 
cho menos la palabra de aliento y de estímulo, o el sacrificio 
para que pudiéramos completar nuestros estudios. Es casi 
un milagro la aparición de los ejemplares de la Revista 
“Alfar” que mi padre había fundado en España y continua¬ 
do en el Uruguay. 

Sin otros medios para su publicación que los avisos que 
conseguía hasta poder cubrir el costo. Sin deber nunca na¬ 
da a nadie. En una labor callada y heroica. Volvía rendido 
a casa, el brazo para los suyos y una sonrisa en los labios. 

Es casi increíble cómo pudo vivir con su revista al día, 
cuando las crisis económicas se agudizaron en el período 
comprendido entre las dos guerras mundiales. Porque su 
jubilación fué siempre exigua e insuficiente. 

No voy a entrar en detalles. Sino que quiero solamen¬ 
te dejar constancia de una actitud vital y un sentido del 
deber. Con el contraste de una niñez sin problemas y una 
adolescencia llena de obstáculos, aprendimos que la vida no 
es fácil, y entendimos que el dolor es la mejor enseñanza 
para comprender los problemas del hombre. Julio J. Casal 
continuó creando y formando a su alrededor una verdadera 
escuela literaria. Alfar se mantuvo siempre a un alto nivel 
intelectual. 

En España colaboraron entre otros: Antonio Machado, 
Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Gabriel Miró, y los 



16 — 


representantes de la nueva poesía y literatura españolas. 

En América escribieron las plumas de Alfonso Reyes, 
Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Sabat Ercasty, Emi¬ 
lio Oribe, Guillermo de Torre, Emilio Frugoni, y las nue¬ 
vas figuras de la poética y prosa del Uruguay y la Argen¬ 
tina. Los 91 números de Alfar constituyen una excelente 
documentación de su labor cultural selecta, cumplida durante 
más * de treinta años en España y América. Es respetando 
esta identificación con “su” Alfar, como con profundo ca¬ 
riño le llamaba, que mi madre y hermanos pensamos que no 
debe seguir apareciendo. Puesto que constituye parte de su 
obra más personal. 

Aquel ambiente literario de la niñez se convirtió en un 
culto por la belleza y la verdad, que llevamos muy hondo 
en el espíritu. 

Un sentido de la comprensión humana compartimos 
juntos cuando la heroica epopeya del pueblo español luchan¬ 
do por su libertad, y estuvo siempre con todos los pueblos 
oprimidos del mundo, como estaba en comunión con los hu¬ 
mildes de la naturaleza: los árboles, los ríos y los atarde¬ 
ceres. Su corazón latía junto al corazón de quienes sopor¬ 
taban hambre y sed de justicia. Pero sin odios, siempre con 
una superior vivencia de los problemas. 


II 


Julio J. Casal había publicado en España varios libros 
de poesías. “Regrets’'’ 1910; “Allá lejos” 1913; “Cielos y 
llanuras” 1914; “Nuevos horizontes” 1920; “Huerto ma¬ 
ternal” 1921; “Humildad”. 1922; “56 poemas” 1923; “Ar¬ 
bol” 1925 y “Poemas” 1926, editados en Madrid y en La 
Coruña. Los críticos literarios coinciden en señalar en su 



— 17 — 

obra poética varias etapas, en donde va logrando una supe¬ 
ración evidente con cada producción. Las primeras obras 
presentan un carácter romántico de suave tonalidad, ya en 
“Humildad” endereza sus pasos hacia la búsqueda de los 
pequeños motivos en donde descubrirá la verdadera poesía. 
Prefiere (1) 

“la cigarra típica de la siesta 
con su rústica cuerda. . .” 

a “la música cambiante de una orquesta”. Su humilde afán 
de sencillez le conduce al abandono de la estrofa menor es¬ 
pañola, tan oculta en sus modismos y adornos, en sus rimas 
y metros. Y ese cambio sustancial que se anuncia en “Hu¬ 
mildad” lo realiza plenamente con la aparición de “Arbol”, 
en donde ' el modernismo sirve de fondo al primer relieve 
auténtico de su profunda vocación poética. 

El crítico argentino Francisco Luis Bernárdez, escribe 
desde Vigo una nota sobre este libro consagratorio del 
poeta: 

“El poeta Julio J. Casal, que ha consagrado su nom¬ 
bre dentro y fuera del país, acaba de ofrecer a sus admirado¬ 
res un nuevo producto de su claro ingenio . Un libro de ver¬ 
sos que titula “Arbol” y de cuyas composiciones. hizo una 
lectura recientemente en la Residencia de Estudiantes de 
Madrid. Tuvo éxito brillante dicha lectura que reveló al 
escritor uruguayo en plena ascención haca las cumbres de 
la belleza del sentimiento”. 

“Con esta obra, la personalidad lírica de Julio J. Casal re¬ 
clama tácitamente una ubicuidad legítima en las avanzadas 
de la poesía contemporánea. 


(1) Precepto literario — Cielos y llanuras. 



— 18 — 


“Actualmente enfocado desde España, el escenario de la 
literatura “cisplatina” adquiere categóricos relieves. Las ga¬ 
fas de Don Miguel, admiradas se han enfrentado más de 
una vez con los poemas de Juana de Ibarbourou y también 
con los ensayos de Carlos Reyles. De “Humildad’' — 
crepúsculo del primitivo estilo de Casal >— a este armonioso 
“Arbol”, alborada de una manera definitiva, la rampa ha 
ascendido perseverante y constantemente. Este último pel¬ 
daño se asienta en la vecindad de las estrellas. “Arbol” 
sustenta todos sus nidos de emoción. Y sus ramazones se 
mecen, como en el verso de Rimbaud, “igual que un corro 
de cabezas de querubines”. En la copa de su “Arbol” duerme 
un vino auroral y sus raíces se ahincan, en la gleba ansiosa 
del corazón. En un claro canto de sus “56 poemas” yo en¬ 
contré temblores recónditos de presentimiento: 

“Y en el vegetal 
corazón un día, 
vendrá a cobijarse- 
mi espíritu inquieto 
que quebró la carne...” 

“Arbol” es la cristalización total de aquel presenti¬ 
miento” !.. 

En 1933 publica en Montevideo “Colina de la Música”, 
dice Juvenal Ortiz Saralegui, verdadero hermano espiritual 
durante sus últimos años: “Colina de la Música” significa, 
el encuentro de Julio J. Casal con la poesía. 

Hay un despojamiento y un enriquecerse de nuevo : en 
el instante de esa puerta pasa al poeta de “Cuaderno de 
Otoño”. Vedlo. Del camino recorrido con nobles pasos, él 
ha dado las secretas señales del viento, el llanto y la alegría 
de la tierra, la amorosa música de la brisa, las varas de la 



— 19 — 


lluvia. El amor le acerca sús nebulosos azules así como la 
hiedra enciende el fulgor de su madurez”. (1) 

Entre “Colina de la Música” y “Cuaderno de Otoño” 
1947, Editorial Losada, Buenos Aires. No hay más que 
una decantación poética y un encuentro definitivo consigo 
mismo y la esencia de la poesía. En 1940 publica su “Ex¬ 
posición de la poesía uruguaya”. 

Cuando publica “Colina de la Música”, me dedica un 
ejemplar con esta generosa leyenda, que transcribo por la 
importancia que forjó en mi vida e ideales, la profunda fe 
que mi padre tenía en mí y que ha sido estímulo eficaz de 
constante superación: 

“Para Julio, de cuyo talento, serenidad y nobleza, es¬ 
pero tanto”. 

. . . Yo sé que un día su voz, podrá iluminando su nom¬ 
bre, dar una nueva luz al paisaje de mi recuerdo”. Tenía 
entonces 17 años y era bachiller. 

Y fué en este libro en donde comenzamos a compren¬ 
der la real jerarquía de su espíritu superior. Su maravillosa 
enseñanza de certeza intérior en el perfeccionamiento espi¬ 
ritual y al mismo tiempo su humildad y sencillez, nos re¬ 
velaban la presencia de su personalidad. Los poemas de 
este libro presentan un tono subjetivo y simbólico, de una 
música suave y un afinamiento de las palabras hasta des¬ 
nudar el poema de todo artificio y descubrir el milagro de 
la Poesía. 

I 

“Colina de la música 
que el horizonte aclaras, 
yo fui hacia tí, y el viento 
te había llevado al mar”. 


(1) Diálogo con Julio J. Casal. 1955. 



— 20 


V 

“La tristeza me ha dado 
cal y barro, para mi labor 
de soledad. 

Humilde y firme 
Ahí está el muro 
que me aísla. 

Desde mi silencio, 
mi ternura solitaria 
irá creciendo. 

Algún día 

el muro ha de caerse, 
y no se acercarán. 

Han de ver siempre el muro 
que no existe”. 

Y en el poema VII nos expresa con claridad el pro¬ 
ceso de su creación. 

“Te vas adelgazando, palabra. 

Casi inasible. 

Antes venías a mí 
obediente y sumisa, 
tal vez 

porque te veía demasiado. 
iMe diste seda y música 
para vestir mi impulso. 

Y fuiste el lazarillo 
que llevó mi emoción 
al agua de la imagen. 

Hoy que no tengo nada que aprender 
al fleco de tu júbilo, 
que bien haces palabra 



— 21 — 


en irte adelgazando 
hasta el silencio. 

Y la confesión plena de asombro del poeta que ha en¬ 
contrado su modo de decir y ahora no comprende como tan¬ 
tas veces buscaba la imagen, ella viene sola a él, como 
imantada por la atracción irresistible del poeta a solas en 
su luz y en su silencio: 


XVIII 

“Me va siendo difícil salir a las palabras. 
Yo ya no sé llegar 
hasta la imagen, 
sino callado. 

La fresca voz del alba, 
y la caliente música del mediodía, 
y la abeja desvelada de la noche, 
no quieren asomarse 
a mi palabra. 

El sordo olor de las lejanas sombras 

ahoga la voz 

que yo quisiera clara. 

Estoy labrando a .solas 
música de silencio. 

Veo en los otros 
la alegría del pan dorado, 
en tanto mi alma vieja 
está callada sobre la colina. 

Estoy callado sobre la colina, 
escondido en el sueño 
de mí mismo, 

ya en el secreto del paisaje inmóvil, 
hecho al misterio de la piedra muda. . . 



— 22 — 


como una piedra más, como un paisaje 
echado en el regazo de la sombra”. 

Sobre “Cuaderno de Otoño” nos dice la excelente poe¬ 
tisa Uruguaya Juana de Ibarbourou: “Desde la meridiana 
altura de la vida, Julio J. Casal entona con fervor en el 
“Cuaderno de Otoño” el canto más inspirado y hondo de 
su destino lírico. 

Libro de evocación, con ese “Otoño” recóndito que 
siempre se anticipa en el poeta, al otoño físico; con esa me¬ 
lancólica visión desdibujada de las cosas, cuando ya hay 
una “niebla que anda por la tarde” y deforma los contornos 
reales y crea la magia crepuscular de los paisajes íntimos; 
este reciente libro de Julio J. Casal nos acerca una vez 
más su mensaje de ternura y transparencia. Conmovido 
poeta vuelve los ojos al pasado: y ve mientras le sonríe — 
.aunque lejana — la luna de su infancia, ya el otoño le va 
dando “su mar dorado”; definición exacta, es ese mar ab¬ 
soluto que le invade el alma. Sin puerto. Es la lenta oleada 
de los días, qué al sucederse, ha ido apaciguando las anti¬ 
guas borrascas. El agua corre clarificada, y apenas una in¬ 
voluntaria nostalgia gravitando como un llovizna impalpa¬ 
ble, empaña la celeste diafanidad de su memoria. Ahora ya 
va “tirando por la borda las últimas palabras, lo que no es 
necesario al vuelo”. Desnuda y sustancial, su voz revela 
la dimensión purísima de su actitud estética”. “En cuatro 
palabras podemos sintetizar su obra: Lejanía, aire, flor y 
sueño”. Sólo podemos agregar, que en nuestro concepto, 
en este libro se encuentran los mejores poemas suyos y jun¬ 
to con algunos de “Recuerdo de Cielo”, cuaderno aparecido 
en 1949 y sus últimos poemas inéditos, constituye este libro 
la culminación de su obra poética .• 



— 23 — 


“Otoño, me vas dando 
tu mar dorado. Voy 
por el acorde de tu agua 
con mis señales últimas 
de tierra, en tus cristales. 

Tú y yo llórando. 

No sé, si es de mi mar o de tus ojos 

que se derrama el verdadero llanto”. (Otoño) 

Y comienza el presentimiento de la muerte, la sapien¬ 
cia intuitiva que sólo es capaz de comprender el poeta des¬ 
cifrando los ocultos mensajes de las cosas. 

IV 

“Me vi tendido, muerto 
en el paisaje 

de los ojos de aquella vaca negra. 

Y la llevé hacia el mar. 

Su cuerpo hundiéndose. 

Se alzó, transfigurado 
en un arcángel de agua. 

Yo no quería 

estar muerto en la tierra”. 

Y seguro de que su imaginación poética, libre aún, pue¬ 
de darle el madero de una esperanza, ensaya ocultarse aún 
a la misma muerte y lo logra en el milagro de la poesía 
auténtica, pero ya terriblemente agónica. 

V 


“¡Ah, no me hallarás! 



24 


No todos los que mueren en el mar 
se quedan en el mar. 

Viniste de las olas... 

Ellas, después de hastiarse 
de jugar con mi cuerpo, 
lo dejarán entre los brazos 
de la orilla. 

Me irás buscando por el agua 
y yo estaré en la tierra. 

Su desprendimiento de las palabras nos evoca aquel 
encuentro de Juan Ramón Jiménez con la poesía, sólo des¬ 
nuda era perfecta. Y aquel otro desnudarse, pero ahora no 
sólo del lenguaje sino “en esencia” del poema de Antonio 
Machado: 

“Y cuando llegue el día del último viaje: 
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontrarás a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar. . 

Y en el poema XIV encontramos toda una filosofía, 
expresada en una síntesis tan exacta y natural que es im¬ 
posible no conmoverse frente a la identidad en í'a ignoran¬ 
cia del hombre y el viento que representa los elementos de 
las cosas. 


“Ni tú, ni yo, ni el viento . . . 
No sabemos nada. 

Tú que lo esperas todo, 
yo que no espero ya. 

Y el viento que entra 
en las casas, y mira 
y toca, y revuelve las cosas. 



— 25 — 


Después una hoja le pregunta 
qué ha visto. 

Y no responde nunca. 

No sabe nada. 

Como tú 
y como yo”. 

Y en el poema "Aventad las cenizas” entramos defi¬ 
nitivamente en la resolución del poeta, que sabe que hay que 
morir, y no se revela, pero elige todavía en lo imposible la 
forma pura para el último sueño, fiel a su poesía que le 
ha dado un sentido profundo a su vida. 

"Aventad las cenizas. 

Quiere el cuerpo ser aire. 

Ya que llegó la hora de elegir, 
nada de cielo, ni de tierra. 

Aire. 

Despertar con la mano invisible 
la hoja dormida 
y animar el plumón amarillo 
del pájaro sediento. 

Ah, el pobre caballo 
entristecido 
‘ de angustiada fatiga, 
cuando sienta 
el tierno rocío 
de mi presencia. 

Puesto que hay que morir, 
no me deis tierra 
ni cielo. 

Derramadme en el aire”. 

Nos dice Clotilde Luisi de "Cuaderno de Otoño”:. .. 



— 26 — 


“Casal canta los días de su otoño con la sabiduría, un poco 
melancólica que procura una vida vivida en íntima paz; en 
paz no en indiferencia por los humanos dolores y alegrías, 
que en el espejo de sus versos, donde asoma su rostro, ve¬ 
mos aparecer la imagen de mil rostros anónimos”. “Canta 
el otoño y la perdida primavera y todo Jo que lenta y silen¬ 
ciosamente se va de nuestro lado “en la invisible muerte de 
todos los días”; eterno tema, y por eterno siempre renovado, 
que lo vincula a la más cabal tradición española de la cual 
nunca está ausente la idea de la muerte y la del incesante 
perecer. Pero refresca su voz para decírnoslo y la templa 
con el diapasón de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Ma¬ 
chado y la hace tan conmovida y tan recatada. 

“Sí, estoy soló sobre los dias 
y se va mi navio”. 

“Para poder huir 
ya no me quedan 
sino voces lejanas 
de ángeles muertos”. 

“Si en Julio J. Casal la tristeza se cubre de dulzura, 
también la dulzura se arropa de tristeza, pero en una tris¬ 
teza que se vigila y mide sin cesar”. 

“Cuaderno de Otoño” es un fruto sazonado lenta y 
cabalmente. En su materia verbal, tan delgada y despojada, 
Julio J. Casal nos da su mensaje poético, donde la difícil 
simplicidad se manifiesta con una belleza tan desnuda”. 

En la segunda parte del libro titulado “Limonar leja¬ 
no” y en la tercera “Hiedra oscura”, el poeta halla su decir 
más auténtico, su estilo más personal. Y ya sin importar 
la forma libre o el retorno al soneto, busca siempre la ex¬ 
presión más natural y plena de belleza de sus ríos interio¬ 
res ahora desbordantes en poesía. 



— 27 — 


Además hay un reencuentro en la imagen viva actual 
con la imagen huidiza real especialmente aquella que retor¬ 
na a su niñez y descubre la ternura de su madre que nun¬ 
ca le ha abandonado y ahora renace en su voz doliente de 
nostalgias. 


“Yo recuerdo 
aquel golpe de hacha 
sobre un leño. 

Por la ventana abierta, 
mi madre y yo 
mirábamos la tarde. 

La noche andaba lejos todavía. 

Había ese silencio 

que hay en la tarde muerta. 

Sólo recuerdo 
aquel golpe de hacha 
sobre un leño”. (1) 

Y en la certeza de que el poeta no puede morir mien¬ 
tras exista poesía sobre la tierra, mientras las rosas y los 
cielos cubran de colores el paisaje, buscaba el motivo para 
su renacimiento y lo encuentra en el más humilde artista 
solitario: el pequeño grillo. En este poema se entrega en 
temblores de hoja y de sueño. 

Me buscarás por cielos lejanos. El camino 
del aire te abrirá su invisible arboleda. 

Yo, entre los tiernos juncos del remanso dormido, 
te extenderé mi puente de grillo, en voz nocturna. 

Estaré junto al agua, saltando entre la tierra 


(1) Aquel golpe de hacha. 



— 28 — 


lejos de aquellos ángeles donde vas a mi encuentro. 
Rodaré entre las plantas, con mi invisible sombra 
de música secreta, que va huyendo del día. 

Irás por los peldaños 
del aliento del campo, 
subiendo en la creencia 
de encontrarme allá arriba, 
y te dirán: no está. 

Cuando acaso regreses 
al último viaje 
de acogedora tierra, 
me encontrarás al fin 
en un temblor de hoja 
que mecerá tu sueño. . . 

Sí, aquí estoy, no ves, yo era el pequeño grillo, (1) 

Y así podría continuar en el deleite de este libar sus 
mieles más preciadas, y hundir mi rostro en el olvido, o 
permanecer en este encantamiento que produce la mágica 
poesía, en este ahondar entre los sueños que ocultan a la 
muerte. 

¡Pero no es posible! En sus poemas está viva su voz 
grave y dulce, su mirada tierna e inquieta, su pasión por 
la vida del espíritu y la felicidad que compartíamos con su 
presencia viva, de padre ejemplar y de hombre conciente. 

“Qué angustia cuando miro 
al pasado, 

y sólo veo brillar las piedras 
de los pendientes de mi madre”. 

“Qué extraña aquella sombra de mi padre 

maciza, intacta, 

sin un pliegue de luz”. 

¡Ah! ¡la naranja pequeña y amarilla 
(1) El grillo. 



en el azul! 

Aquel color nó se puede ir (1) 


Y un temblor me recorre todo el cuerpo. Su sombra 
era también macisa, entera como la de su padre, mi abuelo. 
“Sin un pliegue de luz”, como será la mía y la de mi hijo. 
Así que la vida es eso! Una sombra macisa horizontal mien¬ 
tras el cuerpo permanece vertical frente al sol, y un cuerpo 
ya sin sombra cuando reposa en la tierra unido para siem¬ 
pre con su propia sombra. Pero es la otra sombra la que 
sigue viviendo, la que ahora está en mí y mañana en otro. 
La memoria va desdibujando las figuras hasta sólo quedar 
en óvalos de niebla. 

Y la hiedra ascendía por el muro de su ser inevitable¬ 
mente y sólo en lo íntimo lo sabía. 

Cuando acercas tus ojos a mi vida, 
percibes sólo el familiar remanso 
No ves la hiedra oscura, sin descanso 
subir al muro de mi ser, ceñida. 

El agua para tí, canta encendida, 
en resplandor de cielo, leve y manso. 

Yo, dentro, entre las olas, lucho y canso 
mi corazón, por ocultar la herida. 

Me miras a los días, en espejo 
íntimo de dulzura, sobre el viejo 
pan del día de ayer, en amor blando. 

Y para tí, mi mal no transparenta 


(1) Aquel color. 



— 30 — 


esa sangre de hiedra, fría y lenta, 

que al muro de mi sien, ya va llegando. (1) 


Y el poema “Ruego”, que elegimos para el último ho¬ 
menaje a tributarle en su “Alfar”, por ser representativo 
de su profundo sentir poético, nos deja su- hablar con el 
Dios eterno en lo más íntimo de su conciencia. Dándonos 
una versión nueva y original, y no por eso menos posible, 
de la relación entre la divinidad y el poeta, que prefiere por 
su amor a la tierra no estar entre la fiesta de elegidos, sino 
ser un vuelo más que se ha perdido o aún más firme es su 
ruego de ser lluvia para aún muerto poder vivificar el cam¬ 
po, en ese renacer auténtico y angustiado de sapiencia su¬ 
prema ... 

“Ni tú me esperarás. Ni yo he de ir. 

Estás en lo escondido 

de tu hiedra de cielo, tan lejano, 

que hasta tu rostro 

no podrá la muerte 

alzarme en su marea. 


Tal vez no quieras que yo llegue. El campo 
aguarda en flor de muertos,* mi ternura. 
Sobre los infinitos lirios echaré 
mi corazón de hombre. Déjame ser lluvia. 
Déjame como niebla ligera 
por los caminos. 

Seré danza de estío para la rosa débil, 
como labio de arroyo para la orilla oscura. 


(1) La Hiedra. 





— 31 - 


Muerto aún amo la tierra. Despertando 
del pecho de una muerta está mi infancia. 


Renacer en los ojos de los bueyes. 

Con el rojo mastín 

ladrar antiguamente a los viajeros 

que-llegan hasta el humo de las chozas. 

¿Qué he de hacer yo en tu fiesta de elegidos? 
Mi corazón es pájaro de agua 
de tus copiosas venas de la tierra. 


Ni tú me esperarás. Ni yo he de ir. 

Haz de mi muerte lluvia. Echala al campo. (1) 

Y en la última poesía de “Cuaderno de Otoño” canta 
el tema eterno de la rosa, dándole su aliento vital. 

Yo te vi levantar sobre los prados 
cuando la alondra estaba silenciosa. 

Il^a ascendiendo en pétalos dorados 
la arquitectura alada de la rosa. 

Con sus ojos de un verde ceniciento 
entre los juncos de la hora, el valle 
se extendía por verte, ágil portento, 

. de pecho rubio y afinado talle. 

Los arcos iris de .la madrugada 
se hacían puente para que el rocío, 
por su rubor, vertiera su cascada 
de cielo en fiesta, desatado en río. 


(1) Rtiego. 





— 32 — 

Un aire azul, de luna, aún en la aurora, 
jugaba por la orilla de tu frente. 

Para mirarte, con su fina prora 
cortaba un pez el agua de la fuente. 

La alondra no cantaba. En vuelos asombrados 
iba ciñendo brisas de arrullo a tu cintura 
mientras tú, en la rosada soledad de los prados, 
te alzabas en un sueño de alada arquitectura. (1) 

En toda poesía lograda plenamente hay algo intradu¬ 
cibie, algo que no puede expresarse de otro modo que como 
lo dice el poeta, si no queremos perder su encanto y dia¬ 
fanidad, su profundidad y su contenido. 

Es el ritmo y la melodía. En una página en prosa po¬ 
demos encontrar la unidad entre el fondo y la forma, pero 
siempre hay una significación que nos sugiere el sentido del 
tema desarrollado. En cambio en la poesía, cuando es real¬ 
mente rítmica, entramos en su configuración estética nece¬ 
sariamente desnudos de crítica y como en un encantamiento 
musical que el primer intento de análisis puede quizás des¬ 
moronar y ya no ser más comprensible. 

La belleza única de algunos poemas arrastra un soni¬ 
do tras otro hacia un tono sostenido que de pronto alcanza 
su cumbre de expresión y luego desciende hacia regiones 
insospechadas de extraña profundidad. Por eso la poesía se 
acerca a la mística. Pero tiene algo más humano, y rio sólo 
lo divino de aquélla, puede ser expresada como arte y man¬ 
tenerse objetivamente para ser vivida por todo aquel que sea 
capaz de vibrar al unísono con las más altas manifestacio¬ 
nes del ser. 

Lo que importa en la poesía no es sólo la plasticidad 


(1) A una rosa. 



— 33 — 


o la percepción sensible, sino y muy especialmente, las imᬠ
genes que devienen en los acaeceres intuidos. Como en el 
poema de Stefan George: 

“Esta pena y este pesar de abandonar 
lo que antes fué cercano y mío. 

Este vano tender los brazos 

hacia lo que ya no es más que sombra”. 

Así pues el hecho poético escapa a toda formulación 
intelectual en el sentido que Jaspers da a la oposición entre 
razón y existencia, una es elaboración nuestra y la otra 
realidad, así la poesía está entre las realidades cantadas por 
vivencia directa del poeta, un estar en éxtasis frente a vo¬ 
ces desconocidas por el resto de los hombres. Una virtud 
iluminada o una secreta profundidad. 

Toda poesía auténtica dice más de lo que enuncia, así 
como toda poesía puramente verbalista, enuncia y enumera 
más de lo que quiere decir. 

En muchos versos de falsos poetas hay un ensartar 
términos en forma jactanciosa y la frialdad o puerilidad so¬ 
brenadan como corchos arrojados al mar. 

En cambio en los poetas auténticos el fervor acompaña 
siempre al llamado sincero, y es conmovedor el enlace de 
los versos, como si arrastraran pesadas angustias. 

El ritmo se arrastra lentamente como amenazando de¬ 
tenerse, como en estos versos de Mathias Claudius: 

“Oh, es tan oscura la alcoba de la muerte, 
qué tristemente suena cuando ella se mueve, 
y cuando alzando el pesadísimo 
martillo, da la hora”. 

Porque el tema de la muerte es el que inevitablemente* 



— 34 — 


debo enfrentar en estas meditaciones, que dilatándose al co¬ 
mentar las poesías o su esencia, intentaba alejar casi incon¬ 
cientemente de mi espíritu. ¡Pero no es posible! 

Y antes de entrar en esta “alcoba” trágica y en donde 
se dan las más puras experiencias, sólo quiero agradecer al 
Poeta que vivió y vive en Julio J. Casal, está cálida alegría 
de su presencia dulce y honda, saturada de paz, que nos 
acompañará por el resto de nuestros días sobre la tierra 
madre. 


III 


Mi padre, hacía un tiempo que se sentía enfermo. Ha¬ 
bía consultado a médicos eminentes. 

Convencido que tenía que cumplir un régimen riguro¬ 
so, un poco de arterioesclerosis, había que bajar unos kilos 
en el peso, no ingerir alimentos dulces, ni salados. . . 

Bien, se había acostumbrado ya a su método dietético 
y el hombre aquél que nunca tuvo ni un dolor de estómago, 
ni un resfrío. Debía ahora saber que el* corazón se iba de¬ 
bilitando con los años. Pero él era fuerte y pleno de opti¬ 
mismo . Inundaba a los demás su ánimo sonriente, su bon¬ 
dad sin límites, su amor por los humildes y su preocupación 
constante por el dolor ajeno. De sí mismo le importaba po¬ 
co. Sólo su pan diario, últimamente de harina integral, un 
vaso de agua mineral y unos poemas. . . 

Nada hacía sospechar la cercanía de su muerte. 'Salía 
y entraba a casa con la misma agilidad que cuando-era jo¬ 
ven. Siempre le preocupó estar bien arreglado, con esa digni¬ 
dad que conservan los nobles en la pobreza. Sin ostenta- 



— 35 — 


dones, sólo con su porte de majestuosa presencia y de 
señorial prestancia. (1) 

Los años habían pasado. La vida ya nos había enseña¬ 
do la lucha por la subsistencia. Yo dejé la ciudad, que se 
me hacía insoportable, así como el empleo público, tan mo¬ 
nótono! Con mi compañera y mis hijos nos fuimos al 
campo. 

La jornada diaria me devolvió la paz al espíritu. Has¬ 
ta que ya sólo con mi oficio de profesor de filosofía, pude 
recobrar el sentido de la libertad y de la pobreza, sin claudi¬ 
caciones, con dignidad, esa que se aprende en la lucha diaria. 

La comprensión en una misma empresa casi heroica, 
que une los corazones definitivamente. Es fácil entender as¬ 
pectos de la vida que pasan inadvertidos en la vorágine de 
la capital. Muy a menudo venía con mi madre a mi casita 
de los Pinos de Carrasco, o a la que mi hermana Marynés, 
con su esposo e hijos, tiene muy cerca para pasar el fin 
de semana. Y nos reuníamos todos, padres, hijos, nietos. . . 

Fué el último viernes santo. La semana de turismo 
acostumbraba acompañar al doctor Juan Carlos Car le varo, 
cuñado suyo, y por quien sentía invariable afecto, a distin¬ 
tos lugares del interior de la República, de cacería, asados, 
poemas y las guitarras excelsas de mis primos Agustín y 
Abel Carlevaro. 

Pero este año no lo hizo, no se sentía bien. Vino al 
rincón familiar toda la semana. Difícil también en él, que 
acostumbraba convivir los atardeceres en la peña del Ex¬ 
preso Pocitos con excelentes amigos de veladas poéticas. 
Estábamos juntos paseando entre los pinos y conversamos 
largo rato. Las mujeres y los niños en la labor casera y él 


(1) Su madre era hija del Conde Antonio Ricordi, de la famosa 
casa musical de Milán. Italia. 



— 36 — 


correr libres al aire y al sol. Mi padre me dijo entonces que 
no se sentía nada bien. Ya lo había sentido de sus labios 
en otras oportunidades. Pero aquel atardecer del viernes 
santo, no sé por qué, algo se estremeció en mi sangre y en 
mi espíritu. 

Una profunda amistad nos unía, mucho más que la 
que puede imaginarse por el hecho natural de la relación 
entre padre e hijo. Sentí en aquel momento cierta identi¬ 
dad con su persona, que no había experimentado todavía y 
que luego de su muerte me circundaba. Algo me anunciaba 
que el Poeta sabía de su muerte, claro que en lo profundo 
de su “hiedra que ascendía lentamente hacia sus sienes” y 
que nosotros no veíamos. 

Temía a la muerte. Pero a esa muerte común de las 
enfermedades largas y dolorosas. Mejor dicho temía el do¬ 
lor físico. No el otro dolor, el del alma, al que su vuelo 
poético lo había familiarizado; ni a la muerte real. La ine¬ 
vitable, la que su intuición conocía intimamente desde los 
más remotos días * de la infancia y como hablando a solas 
con lo eterno, poniendo una mano sobre mi hombro, de sus 
labios brotaron aquellos versos grávidos de Antonio Machado: 

. . .y ha de morir contigo el mundo mago? 


Donde guarda el recuerdo los hálitos más puros de la vida, 
la blanca sombra del amor primero, 
la voz que fué, tu corazón, la mano 
que tú querías retener en sueños. 


los yunques y crisoles de tu alma, 
trabajan para el polvo y 
para el viento ?... 






— 37 — 


Cuando el sol descendió del otro lado de los altos pinos 
y eucaliptus, y el cielo comenzó a danzar en sus rosados, 
azules y violáceos resplandores, volvimos al refugio hoga¬ 
reño. Recitó entonces sus nuevos poemas, aún inéditos. 
Que tienen una honda sapiencia. Que destilan sangre de su 
alma armoniosa. Que se enfrentan con la muerte cara a ca¬ 
ra. Y que hablan al Dios en la conciencia, como de Hijo 
a Padre. Comprendiendo las angustias del Eterno, por esta 
doliente criatura humana. 

Su voz grave y serena acariciaba los aires con su ritmo: 

“Vengo desde mi sombra para verte. 

Traigo la niebla de mi llanto puro . 

Se me hace el día, de tan triste, oscuro. 

Abierta está mi lámpara a la muerte. 

Tú, en la colina de secreta suerte 
separada de mí por verde muro. 

Yo con mi paso voy, lento, inseguro 
sabiendo que al hallarte, he de perderte. 

En mi pecho tu rostro. Sólo siento 
tu solitaria nieve de paloma, 
y es todo claridad, lumbre y aroma. 

No en el dolor, sino en tu voz me guío. 

Y la lejana lluvia de tu acento 

me lleva a un cielo para siempre mío”. (1) 

En el recogimiento de la tarde mi madre con sus ora¬ 
ciones y las voces femeninas y la clara y diáfana de los 
pequeños entonaban un cántico angelical. 

Mi padre, mi hermano Rafael y yo, un poco alejados 
observábamos el milagro deja fe. Sólo la imagen de Cristo 

(1) Vengo desde mi sombra para verte. 



— 38 — 


crucificado me atraía entonces. Tomé un lápiz y poco des¬ 
pués les leía una página que acababa de escribir, nacida ca¬ 
si sin darme cuenta: 

Viernes santo. 

Esta tarde de nuevo es viernes santo. La ternura del 
viento nos lleva a nuestra infancia. El cielo como entonces 
azul de prusia. Las nubes como aquellas en gris de plomo. 
Una tenue llovizna va borrando los árboles lejanos; en el 
aire hay olor a tierra húmeda. Acaso somos los mismos que 
entonces. ¿Padre, te acuerdas? 

Quizá, un cicló entero del hombre ha concluido. En la 
pared, los ojos entornados del crucificado, nos miran gra¬ 
vemente. Está su mirada como detenida en un punto del 
espacio. Y nuestros ojos se clavan pesadamente en el ma¬ 
dero. Una escasa luz refleja sobre el cuadro, parece venida 
de muy alto. ¡Qué tristeza infinita derrama su rostro pᬠ
lido! Esta tarde de nuevo es viernes santo. La ternura del 
viento nos lleva a nuestra infancia. Mi padre está leyendo 
gravemente. Yo juego entre los niños. Me veo ahora en 
los ojos de mi pequeño Claudio, que nos mira sonriente. . . 
¡Así te verías padre en los míos! ¡Qué ternura tienen los 
ojos de las madres! 

El viento inclina con violencia las copas de los árboles. 
La lluvia fina refresca las humildes hierbas y las flores del 
campo. ¡Es que el tiempo no pasa! 

En los cielos, trompetas se presienten entre las nubes 
grises. En la tierra, el crucificado. Padre, estás pensando: 
¡cómo escapa la vida entre las manos! 1 Desde la cruz nos 
miran sus ojos, tan humanos, una tristeza infinita nos al¬ 
canza ¡desde su rostro pálido!... Hemos vencido al tiem¬ 
po. La muerte ya no existe. Mira, como juegan los niños 
otra vez, tienen tus mismos ojos y tus manos! 



39 — 


IV 


Es posible que el sentido que poseía sobre el hacer poé¬ 
tico, como una condición expresiva, única y original en su 
vida, lo fué elaborando agudamente, como en etapas de una 
exigencia anterior, no sospechada por su bonomía cotidiana. 

Ya desde sus primeros libros de versos aparece ese de¬ 
seo de ahondar siempre, buscando el fondo de lo real y au¬ 
téntico. Es así como se salvan algunos poemas en la de¬ 
puración inevitable de las primeras etapas en su ascensión 
poética. 

Entre esos poemas que tienen un nuevo y permanente 
sentido de su personalidad podemos destacar su hermosa y 
trágica “Plegaria” aparecida en “Cincuenta y seis poemas”: 

“Si antes de mi existir 
y entrar en el dolor 
del vivir 

me hubieras permitido 
ser lo que deseara, 
yo habría de elegir, 

Señor, 

ser una fuente clara, 

alguna nube, un nido, 

un remanso, el oleaje 

del mar, cualquier paisaje, 

un árbol, un reflejo, un astro, ser 

el misterioso y vago atardecer. 

Esa fragante flor que pinta Abril, 
o lo que lleva un miserable nombre 
cual la oruga, el reptil. 

¡Todo lo hubiera sido menos hombre! 



— 40 — 


Es el conocimiento real de las imperfecciones humanas, 
de sus miserias y vanidades, el que le induce a elegir a la 
naturaleza, de ser posible la elección. 

Y en ella, primero “ser una fuente clara, alguna nube, 
un nido”, todo aquello que posee belleza, diafanidad, amor. 
Poco a poco va aceptando ser lo impersonal, el mar, pero 
en su fuerza viva de oleaje, luego el árbol, hasta diluirse 
en los reflejos del atardecer y de las luces vagas. Y por fin 
la suprema aceptación de los destinos más oscuros o despre¬ 
ciados “cual la oruga, el reptil”, antes que ser hombre. 

Es el camino hacia los humildes su primera, purificación. 

Es él encuentro de las injusticias sociales el que le ha¬ 
ce decir en “Humildad”: 

“El poeta de inquieta mirada 
hoy no ha comido ni bebido nada. 

Anduvo errante su sombra: 


En la calle y el taller 
ha suplicado poder trabajar 
pero en todos lados le dijeron 
—no hay lugar— 

Y rendido se ha dormido sobre un banco. 

... y un buen burgués que pasaba 
a un amigo se quejaba 
¡tanto vago! ¡tanto vago! 

En su poema “Del frigorífico” nos relata los sufrimien¬ 
tos de los obreros. 

Y no se le escapa en su mirada compasiva y rebelde, 
el dolor de los trabajadores solitarios, es así como nos dice 
en “El afilador”: 


“Tiene cierto encanto la figura austera, 




— 41 — 


quijotesca y triste del afilador, 

cuando arrastra el viejo carro de madera 

con un gesto lleno de resignación”. 

El gran poeta chileno Pablo Neruda, a su paso por 
Montevideo, sintió su mensaje a los humildes y al pueblo, 
y en el ejemplar’ que le dedicó de su “Residencia en la tie¬ 
rra” dice así: “A Julio J. Casal, hermano en poesía y en 
sentido de la libertad”. La misma actitud para con él había 
tenido en España Don Miguel de Unamuno, el notable pen¬ 
sador hispano, cuando desde el destierro le escribe elogiando 
la valentía de su “Alfar” como refugio de los hombres de 
espíritu libre frente a la dictadura que soportaba su patria. 

Podemos encontrar en toda su obra ppética las fuentes 
más genuinas de la poesía española, admiraba a Garcilaso, 
a Quevedo, a San Juan de la Cruz, entre los, clásicos y entre 
los modernos especialmente a Antonio Machado, por quién 
sentía profunda veneración y consideraba su maestro, a Juan 
Ramón Jiménez a quién según sus propias palabras debe: 
“el camino hacia la pureza de la imagen”, a García Lorca, 
a Guillén, a Altolaguirre, Aleixandre, Salinas y Rafael Al- 
berti, con todos ellos tuvo una estrecha amistad. Pero quie¬ 
ro dejar también constancia de que en su formación influyó 
profundamente la lectura de Novalis, el pensador y poeta 
místico alemán de fines del siglo XVIII, por quien sentía 
una afinidad de esencia superior. Este poeta extraordina¬ 
rio poseía una ternura magnífica y un sublime candor, al 
decir del traductor al español de sus poemas Manuel de Mon- 
toliú. Solía repetir estos versos : 

“El secreto del amor 
bien pocos lo saben, 
sienten una sed eterna 
Y sienten hambre insaciable”. 



— 42 — 


Y la madurez de su poesía, ya propia, sin lastres ni 
influencias posibles, sólo respetó la voz de Rainer M. Rilke, 
que le acompañaba siempre, como advirtiéndole la senda ele¬ 
gida, como mostrándole el camino entre los abismos y cuan 
larga es la experiencia del hombre, que se remonta a la.in¬ 
fancia de cada uno, para poder descubrir los motivos más 
exactos de su intuición y de su vida. 

Voy a transcribir una página del poeta de “Poemas de 
la pobreza y de la muerte”: 

. . . ."Tengo 28 años y es como si no hubiera aconte¬ 
cido nada”. Los versos significan tan poco cuando se los ha 
escrito tempranamente, por eso es necesario esperar com¬ 
prensión y dulzura a lo largo de toda una vida, y entonces 
al final, se podría escribir diez renglones aceptables’'. Por¬ 
que los versos no son como cree la gente, sentimientos. Los 
# sentimientos, son experiencias. Para lograr un solo verso 
es necesario ver animales, hombres y cosas, intuir como vue¬ 
lan los pájaros, el gesto con que las flores más diminutas 
se entreabren una mañana, los encuentros, las despedidas, 
los. días de infancia, los padres, las enfermedades infantiles 
que surgían tan extrañas con tan profundas y tan grandes 
transformaciones, las mañanas junto al mar, en el mar mis¬ 
mo. En las noches de viaje. Y ni siquiera es suficiente ha¬ 
ber pensado en todo esto, es necesario recordar muchas no¬ 
ches de amor, en gritos de mujeres en el alumbramiento. 
Pero también es necesario haber acompañado a los agoni¬ 
zantes, haberse sentado junto a los muertos en la habitación 
con las ventanas abiertas. Es necesario también saber olvi¬ 
dar los secretos cuando son muchos, tener una larga expe¬ 
riencia para esperar, porque los secretos no son todavía na¬ 
da por sí mismos. Sólo cuando se ha transformado en san¬ 
gre, mirada y ojos, sólo entonces, en una hora excepcional, 
tal vez pueda suceder, que se despierte la primera palabra 
del verso”. 



Esta concepción rilkeana de que hay que vivir primero 
para crear después, de que sólo la experiencia auténtica, no 
libresca, ni artificial, es capaz al desnudarse en sus raíces 
profundas de descubrir el pulso de lo eterno en la voz del 
poeta, la vivió mi padre y la hizo suya en la más profundo 
de su ser. 

En sus conferencias más logradas, como la de “'Rosa¬ 
lía de Castro”, la que escribió sobre “Antonio Machado” y 
la que expresa su sentir “En torno a la Poesía”, (1) nos 
revela su madurez y perfección líricas, y nos da su concepto 
sobre la Poesía: 

“La poesía para nosotros, es abrir la ventana. Frente 
a ella, muros y sombras, y ver el mar. Un mar que existe, 
o no existe. Es lo mismo. Si no existe, lo creamos, para 
poder verlo, lo hacemos crecer por detrás del muro t y de la 
sombra”. . . 

“No sabría definir mi poesía, pero debo mucho a mi 
infancia, a las lejanas memorias por donde andan los ojos 
de mi madre”. . . “En mis versos, me ha obsesionado la 
idea de quemar todo lo que no es imagen. La poesía no es 
lo recreativo ni la anécdota. No es la aventura lo que ha 
de quedar, sino lo que se crea”. 

“Me ha interesado más que el color del paisaje, la li¬ 
bertad del aire, el color del recuerdo. “Hemos preferido, 
más que los magníficos motivos, conversar con las cosas pe¬ 
queñas, colaborar con los humildes”. “La poesía es aquello 
que venios por la última vez con ojos inocentes, al primer 
encuentro”. “Es no estar encadenado a la tierra y dar vida 
a la tierra”. “Ir en verdadero ser heroico y no con máscara 
de héroe”. “La poesía no es ío concreto, ni siquiera el pai¬ 
saje, es lo que esconde el paisaje. Es el eco, la resonancia”. 


■ (1) Próximamente se publicará esta conferencia suya como in¬ 

troducción a sus Poemas inéditos. 



— 44 — 


La amistad junta a la poesía constituye la otra pasión 
de Julio J. Casal. A su culto dedica lo mejor de su ser. 
En una fiesta de memorias, puesto que no puedo tratar el 
tema de otra manera, ni sería legítimo más que para quien 
lo hubiera vivido, — yo fui creciendo a su lado mientras 
tanto—. 

Veo desfilar por la puerta. Y el ancho patio en donde 
los cuadros dedicados por-sus amigos pintores y escultores 
de toda época ocupan un lugar privilegiado: Barradas, Abe- 
lenda, Swau, Mestrovic, Torres García, Cúneo, Michelena, 
Maruja Mallo, Pesce Castro, Arzadun, Guillermo Rodrí¬ 
guez, Bazzurro, Julio Prieto... 

Los paisajes gallegos rivalizando con el paisaje de la 
sierra uruguaya, las figuras de Rubén Darío y Alberto Las- 
places, frente a Catalina Bárcena y Gorki. 

Y en su escritorio, siempre con un desorden, cuyo se¬ 
creto orden él solo entendía, sus amplias bibliotecas con li¬ 
bros siempre en movimiento, cambiando de lugar; releídos, 
hojeados o tenidos en sitio de privilegio al respaldo de su 
silla. 

Entrar en tan diversas noches a sus amigos poetas. Es 
imposible la fidelidad en la memoria, perdón por el olvido 
involuntario, además no pienso de ningún modo ser exhaus¬ 
tivo, sino que sólo quiero ilustrar el culto por la amistad, 
que mi padre sentía y veneraba. Ya para conversar sobre 
originales a publicarse en su “Alfar”, ya para convivir mo¬ 
mentos mágicos de poesía que a veces duraban intermina¬ 
bles horas y casi siempre se completaban con una salida a 
la calle en busca de aire y de noche estrellada para continuar 
recitando o discutiendo. 

Así vi llegar a Emilio Oribe, a Sabat Ercasty, a Basso 
Maglio, a. Enrique y Julio Casaravilla, a Carlos Garibaldi, 
a Vasseur, a Fernando Nébel, a Cipriano S. Vitureira, á 
Jesualdo, a José Ma. Podestá, a Roberto Ibáñez, Esther de 
Cáceres, a Manuel de Castro, a Juvenal Ortiz Saralegui, a 



Paulina Medeiros, a Rafael Alberti y Ma. Teresa León, a 
Oliverio Girondo, a Sabat Pebet, a C. Rodríguez Pintos, 
a Gastón Figueira, Alberto Zum Felde, Clara Silva, Con¬ 
cepción Silva Belinzon, Daniel Castellanos y a toda una pié-*- 
yade de poetas jóvenes que casi invadían de continuo su 
casa de la calle Bartolito Mitre, en Pocitos, en donde vivió 
los últimos veinte años de su vida. 

Su profunda amistad con Alfonso Reyes, Julio Super- 
vielle, Xavier Abril, Julio R. Yordi, Guillermo De Torre, 
Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Augusto M. Delfino, 
Pablo Neruda, Juan R. Jiménez, Alvaro Figueredo, Al¬ 
berto Inzúa, Federico de Onís, Eduardo Couture, Max Aub 
y otros escritores de España y América, las mantenía vivas 
con una correspondencia, que en algunos casos era 
casi diaria. En España fué Rafael Barradas su ver¬ 
dadero hermano espiritual, compañero de luchas e idea¬ 
les, ilustró “Humildad” así como después iba hacerlo con 
“Alfar”, hasta su último número. Una correspondencia vi¬ 
va y cálida expresa el ritmo de dos almas afines en la lucha, 
el sacrificio y el triunfo. 

Entre las monografías de arte de la Editorial Losada 
de Buenos Aires, se incluye la de Julio J. Casal sobre Ba¬ 
rradas con las láminas copia de sus cuadros, tan humanos. 
Yo guardo con cariño dos motivos de Barradas que me de¬ 
dicó cuando aún era un niño. 

Cuando murió el pintor, en casa hubo un verdadero 
culto por su obra y aprendimos a quererlo y valorarlo esté¬ 
ticamente. Es parte de nuestra formación cultural. 

' En el Uruguay Ortiz Saralegui le acompañó casi dia¬ 
riamente, nos lo dice en su “Diálogo con Julio J. Casal”, 
“Estas cuartillas no constituyen un ensayo ni una biogra¬ 
fía. Apenas quieren ser el testimonio de cerca de un cuarto 
de siglo de la diaria e inalterable amistad que nos profesá- 
mos, más que amistad de literatos, hermandad de amigos”. 



— 46 — 


Sabemos también de su profundo aprecio por Emilio 
Oribe, por Enrique Casaravilla, por Jesualdo, Angel Aller 
Blanca Samonati de Parodi y Francisco A. Lanza, a quie¬ 
nes consideraba sus hermanos en sangre espiritual. 

Y en la sangre familiar, hacía un culto también de la 
armonía y la fraternidad, pero debo destacar su cariño espe¬ 
cial por su hermano Antonio R. Casal, que ocupa un con¬ 
sulado uruguayo en Mendoza, Argentina, que poco menor 
que él, fué siempre su compañero desde la niñez, y cuando 
de tiempo en tiempo aparecía por Montevideo, no existía 
para él otra persona que Antonio; yo comprendo perfecta¬ 
mente este hermoso suceso, pues se parece a mi padre en lo 
profundo de su espíritu. 

En La Coruña vive Julio R. Yordi, autor de “La Peña 
y la peña”, cuando en casa de mi padre se recibía corres¬ 
pondencia suya o del pintor Manuel Abelenda, lágrimas de 
alegría se deslizaban por las mejillas del poeta y aprendimos 
también a quererlos al revivir aquellos años de su juventud 
plena de idealismos. . . 

Vuelvo a insistir, su corazón estaba abierto y sabía 
amar intensamente, sin importarle dar su vida en la siem¬ 
bra. Era exigente sólo consigo mismo y con la poesía. 

VI 

La más pequeña en mi casa era mi hermana Selva, na¬ 
ció cuando vinimos a América, cuando cambió la vida para 
mis padres, cuando empezó la lucha económica y la ascen¬ 
ción poética. Venía a ocupar, el lugar dejado por mi her¬ 
mana Pepita. Es extraño que esto pueda suceder, pero 
algo así sucedió. Mi madre esperaba otra niña que fuera 
como aquella: Rubia, hermosa, de ojos azules y cuya ternura 
alcanzara de nuevo la caricia del cielo. 

Y así fué. La vi crecer al lado mío. Marynés y yo 
• éramos los mayores. 



— 47 — 


Yo creo haber contribuido en la formación espiritual 
de Selva, junto naturalmente a la influencia poderosa de 
mi padre, pero aquello era distinto. Yo escribía mis prime¬ 
ras meditaciones y ensayos de “La expresión inmóvil” y 
mi más asidua oyente era Selva. Vivía mis primeras an¬ 
gustias metafísicas y aún era una niña. 

Así transcurrieron muchos años. Y largas horas con¬ 
versamos juntos sobre problemas filosóficos, en repetidas 
ocasiones, con verdadera comunión espiritual. 

Mi hermandad con Rafael fue distinta, era la activa 
camaradería de dos personas que al ir desenvolviendo su ju¬ 
ventud en la experiencia de la vida cotidiana, fuimos unien¬ 
do en un solo ovillo, las esperanzas y las alegrías, las tris¬ 
tezas y los sueños. Así nació una profunda amistad. 

Marynés poseedora del mágico poder que encierra la 
actividad creadora, fué forjando sola su vida, abriéndose 
paso frente a las adversidades, pronto alcanzó el triunfo 
de un título universitario y la diafanidad de sus poemas de 
“Cuna de Río”. Y la plenitud de su “Bosque Pequeño” (1) 

¿Cómo decir en lirios y amapolas 
la más dulce canción de la alborada 
si el pájaro en el musgo y en el río 
pusieron su ternura tan lograda? 

Pero vuelvo al tema inicial, Selva, crecía y su ternura 
colmaba de alegría a mi padre, y fué la niña mimada por él. 
Muy pronto comenzó a pensar por sí misma. Y a compren¬ 
der la alegría de la convivencia y la hermosura de no desen¬ 
tonar jamás por ninguna causa. 

Un buen día se casó y le dió a mi padre la alegría de 
su último nieto. Pablo, el inquieto “chingólo”... 

(1) Cómo decir, Bosque Pequeño. 



— 48 — 


¿El por qué de todo esto? quería decir una costum¬ 
bre que tenía mi padre al acostarse y extender su mano so¬ 
bre la silla situada al costado de su cabecera. Y como Selva 
era la más pequeña. Durante muchos años dormía en el 
cuarto grande y su mano se dejaba aprisionar por los dedos 
recios de mi padre. Creo que este contacto de las manos 
tiene tanta importancia como un proceso educativo. Mi pa¬ 
dre descansaba así hasta que se dormía. Una corriente de 
simpatía descendía por su mano hasta vivificarse en la savia 
nueva de su hija. 

Yo sabía que Selva escribía. Pero no sabía que había 
alcanzado tal dominio de la forma y el fondo como cuando 
un año antes de la muerte de mi padre nos recitó este poema: 

A mi padre 

“Escúchame. No temas. 4 

Ya hemos muerto. 

Ha pasado la verde 
fragancia de los años. 

Pero mi infancia 
duerme aún en tu mano. 

No debí salir de ella. 

Fué un éxtasis de ronda en la noche. 

La hace crecer el tiempo. 

Y yo era pequeña, 
entrando por tus dedos 
en las fugaces venas, 

^ conducida en tu sangre 
hacia los rostros sin forma, 
que murieron para nosotros. 

Tu mano aún me sostiene. 

No importa si hemos muerto. 

Antes, después, las cosas. ,. 



— 49 — 


Los ríos de tu amor 
me han llevado tan lejos, 
hundida en el recuerdo 
que sólo vive cuando sueño. 

Me han llevado tan lejos!' 
que yo ya soy eterna. 

Sé que estamos muertos, 
porque el tiempo no importa”. 

Fue tan espontánea la alegría de nuestro padre, que se 
fue con el poema bajo el brazo y poco después aparecía en 
los Cuadernos Julio Herrera y Reissig. 

A fines de setiembre del año 1954, se inauguró en la 
A.U.D.E. (Asociación Uruguaya de Escritores) una Ex¬ 
posición de las obras completas de Julio J. Casal, conti¬ 
nuando el ciclo de dar a conocer los valores de nuestra poe¬ 
sía nacional. 

Asistió el poeta emocionado a los actos de homenaje 
que le tributaron. Extrañamente fué una despedida de los 
intelectuales y amigos. Su obra documental, su “Alfar”, 
sus libros estaban allí dándole testimonio de una-fecunda 
labor. v 

Estudiaron su obra poética Juana de Ibarbourou, Al¬ 
fredo Mario Ferreiro, Uruguay González Poggi, Bautista y 
Alcaráz; en excelentes conferencias. Sobre: “Casal en el 
pórtico de Galicia” disertó Antonio Vega, y sobre “Cua¬ 
derno de Otoño” lo hizo el finísimo poeta Asdrúbal Botello. 

El día 7 de diciembre moría de un ataque al corazón. 
La noche anterior estaba completamente bien. Había ido 
como de costumbre al Expreso Pocitos. Vinieron a avisar¬ 
me en la madrugada y allí volé en el auto de mi primo 
Eduardo Potrie con quién compartí el intenso dolor, en el 
silencio más significativo dé mi vicia . . . 

Cuando llegué sin mirar ni entender nada de nada, po- 



50 — 


sé mi oído sobre su corazón soñando en que no fuera ver¬ 
dad. No latía ya más. Lloré sobre su pecho como un niño. 

Es extraño, el dolor vivo que lacera muy adentro y 
sube y baja de la cabeza a los pies amenazaba con tumbar¬ 
me. Pero no podía ser. Mi madre y hermanos sufrían jun¬ 
tos. Yo creía que la muerte, la que conocía metafísicamen- 
te era sólo un instante. Pero no es así. Comienza muy len¬ 
tamente y va creciendo más y más hasta desbordarse. . . 

De pronto ya no se sabe nada de nada. Vienen parien¬ 
tes y amigos, hablan de cosas sin sentido o le estrechan la 
mano sin saber por qué. A uno le vienen deseos de gritar 
pero está mudo. De cerrar los puños con violencia y no sabe 
contra quién dirigirlos. De dormir definitivamente, pero se 
rechaza... 

Lloran personas extrañas, y los íntimos van de un lado 
a otro sin saber que hacen. Algo que no se espera, es cuando 
a uno lo llaman para decidir sobre el funeral. Sobre peque¬ 
ños detalles estúpidos y que sin embargo parecen gigantes. 

Avisos, nombres, coches; no sé cómo se habló de un 
homenaje de los escritores, y un acto oratorio en su memo¬ 
ria. Pero de allí no saldría, lo defendíamos como animales 
salvajes a .sus pequeñuelos. Era algo así como un niño re¬ 
cién nacido. ¡ Padre mío !♦ 

Y no entendíamos cómo podía salir de casa. Dispusi¬ 
mos que lo llevaran al escritorio, allí sí, estaría bien entre 
sus papeles y libros, hasta que se fueran todos. 

No permitimos que pusieran sillas. No! eran suficien¬ 
tes los espíritus de sus libros y de los cuadros, tampoco per¬ 
mitimos que tocaran nada. Y así pasamos la noche. 

Los altos cirios resplandecían sobre el féretro de cedro. 
Como la madera de su escritorio, como sus árboles queri¬ 
dos. La gente se asomaba de cuando en cuando y miraban 
curiosos, estaban un momento y se iban como asustados de 
la presencia de la muerte. Mi hermana Selva y yo 



51 — 


quedamos como dos columnas toda la noche entre los ci¬ 
rios. Uno a cada lado de su cabeza serena. Ella lo acari¬ 
ciaba y a momentos le conversaba muy bajito como para 
que nadie pudiera oír aquel diálogo. Yo no podía despren¬ 
der la mirada de sus ojos cerrados bajo los párpados, pero 
que . aún poseían una fuerza misteriosa. . . 

Algo me retenía poderosamente. Y sin saberlo quizá, 
estaba acompañándole en el último viaje. . . 

A la mañana siguiente una muchedumbre desfiló 
ante mi padre. Las poetisas Juana de Ibarbourou, Pau¬ 
lina Medeiros y Arsinoe Moratorio -y mis hermanas y es¬ 
posa, estuvieron adornando su cabeza con claveles blancos, 
frescos y olorosos. . . 

Luego lo llevaron al Ateneo, envuelto en la bandera 
nacional fue velado allí varias horas, y hubo oraciones fú¬ 
nebres laicas, emotivas y elogiosas de despedida. Emilio 
Oribe depositó sobre el féretro su ofrenda de rosas frescas 
recogidas por él mismo para el hermano poeta. 

Entre otros hablaron el poeta Carlos Sabat Ercasty, 
Héctor Silva Uranga, Paulina Medeiros y Arsinoe Mora- 
torio. Bajo una lluvia fina fué conducido hasta el Cemen¬ 
terio Central, y a pie siguió el cortejo las interminables 
cuadras dolorosas. . . Allí hubo otra vez oratoria, pero yo 
ya no sabía nada de nada. . . Cuando se fueron retirando 
los amigos y parientes, quedamos los íntimos a solas con la 
muerte... Todavía me parece un sueño imposible, una pe¬ 
sadilla, una visión fantástica. . . 

Cuando después de muchos días logramos estar a solas 
completamente, volví a pasear entre los pinos como cuando 
lo hacía a su lado y me decía su último poema inédito. 

La tarde concluía. Y otra vez el pensamiento se inun¬ 
da de imágenes, lucha consigo mismo y se remonta hasta 
alturas insospechadas, como siguiéndole en su vuelo tras¬ 
humano y desconocido... No sé qué sentido tiene la vida 



— 52 — 


ni qué significado se puede encontrar en la muerte. Pero 
sí sé, que toda meditación es insuficiente, que la vivencia 
del dolor- supera profundamente en. contenido, aún filosófi¬ 
co, a la más ardiente de las especulaciones racionáles. 

Como si el espíritu fuera algo así como actualidad pu¬ 
ra, y se agotase en la continua realización del hacer y del 
pensar, del vivir y del soñar. 

El incesante devenir de las cosas .y los seres nos deja 
un sabor amargo... 

Pero las obras del espíritu del hombre parecen maderos 
de permanencia frente al caos. La materia transcurre y se 
va transformando, y a pesar de su aparente cohesión al cabo 
de un tiempo no deja rastros. No hay más que viajar al 
cabo de varios años al mismo lugar en que se estuvo y con¬ 
vivió con otros seres, paisajes y casas y calles. Es asom¬ 
brosa la variación. Los edificios se renuevan, los árboles y 
las personas se van cambiando hasta' dejar de ser los mis¬ 
mas y un día desaparecen... * 

Pero en cambio el mundo espiritual creado por las cul¬ 
turas y los hombres superiores permanece. En las antiguas 
bibliotecas y museos, aún palpitan los corazones de los crea¬ 
dores. En cada libro vive su autor y renace cuando con 
pasión seguimos sus ideas; ¡y aún mucho más en los atar¬ 
deceres ! 

Si el hombre es capaz de realizar obra y planes, debe¬ 
mos admitir la libertad como fuente de sus actos. Y enton¬ 
ces, más allá, del hecho de la muerte, comprobamos la exis¬ 
tencia rectora de los espíritus privilegiados sobre nuestras 
acciones. Y el enigma metafísico se diluye en una sencilla 
conclusión, si bien es cierto que no sabemos nada más allá 
del puente de la muerte, con respecto a la supervivencia o 
a la nada; en cambio tenemos la certeza de que aquí en esta 
tierra continúa la enseñanza de los grandes hombres, orien¬ 
tando la luz espiritual por nuevas sendas antes desconocí- 



— 53 — 


das. En las experiencias del hombre nacen y concluyen sus 
designios. No obstante su pequenez en el universo inmen¬ 
surable y casi impensable, y lo precario de la vida humana, 
poseemos el misterio de la libertad y de la autonomía espi¬ 
ritual. Si bien no conocemos ningún alma que no esté ads- 
cripta a un cuerpo tampoco es nada el cuerpo sin el alma 
que la vivifique; es posible que el hombre sea a la vez cuer¬ 
po y alma y no tenga sentido pensar el uno sin el otro. Un 
Dios podría resolver el problema de la autonomía de lo es¬ 
piritual, pero al hombre parece estar vedado su conoci¬ 
miento científico. 

El único espíritu que conocemos es el que nace y mue¬ 
re, y se forja una historia y un destino propio. 'Más allá 
de la muerte y antes del nacimiento, con total honradez me¬ 
tafísica, no podemos poner más que interrogaciones, nunca 
certezas. 

Cada ser participa de lo eterno y de lo infinito al buscar 
su perfección. La vida es una actividad constructiva, más 
que conservadora. Los que miran al futuro echan raíces en 
el pasado, para poder avanzar con firmeza. ¡Así has de es¬ 
tar tú Padre mío! como en el poema de Shakespeare: 

“El ojo del poeta, por hermoso delirio arrebatado, 

va del cielo a la tierra, de la tierra al cielo”. 


“Sólo la poesía puede decir sus sueños, 
sólo con el hechizo de las palabras puede 
salvar la imaginación de la oscura cadena 
y el mudo encantamiento”. (1) 

Y para revivir de nuevo lá ternura del poeta, estos dos 


(l) 1 Sueño de una Noche de Verano - Shakespeare. 





— 54 


poemas inéditos de Julio J. Casal, que nos llevan de su 
mano y en su cálida voz hasta la infancia: 

DISFRAZ 

“Más de lo que quisiera voy viviendo. 

No seré nunca amado de los dioses. 

Pasaron por mis ojos tan veloces 
y en mi alta mar aún sigo sufriendo. 

Desde mi soledad, voy aprendiendo 
que tal vez al vivir, me nacen goces 
de muerte, y disfrazada en luz de voces 
me van mentidas sombras sosteniendo. 

Me palpo y esta carne no es la mía. 

Acaso es noche lo que ayer fué día, t 

brillando en apariencia y es su suerte. . 

Arder y no quemar, vivir en río 

sin agua, ser de fuego y sentir frío 

y en un disfraz de vida, ir con mi muerte”. 

VIEJO RELOJ 

No te olvido reloj de la casa paterna. 

Tus agujas de acero marchaban lentas, frías. 

Friso de golondrinas adornaban tu tierna 
madera, en la penumbra de tantos largos días. 

Tu péndulo dorado, desde su cara eterna 
nos miraba callado. Remotas horas mías. 

En tu canto, gustaba como en una cisterna 
todo el sueño del agua de las lejanas rías. 



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Viejo reloj de España, que nos trajo el abuelo. 

Y de aquel mar cantábrico y el candor de aquel cielo 
nos hablaba la fina y olorosa madera. 

Me pareces un barco que llegas de tan lejos 
y nos traes el aroma de aquellos pinos viejos 
andando en nuestra antigua y familiar ribera. 

¡ Cuánta ternura en tu enseñanza viva y en tu poesía! 
jQué tu flauta armoniosa sea recibida en tu cielo de aire y 
tierra, por la luz perenne de Machado y de Rilke, ilumi¬ 
nando tu entrada a la inmortalidad! 


JULIO CASAL MUÑOZ